domingo, diciembre 07, 2008

Pedazos de carne (por John Carlin)


Patrick Vieira, centrocampista francés del Inter de Milán, dijo esta semana que el jugador más duro al que se había enfrentado en su larga carrera era Roy Keane, ídolo de la afición del Manchester United desde su fichaje por una cantidad récord en 1993 hasta que dejó el equipo en 2005.

"Le dabas una patada, y él te la devolvía. Pero no decía nada, y esperaba que tú no dijeras nada tampoco", recordaba Vieira, cuyos encuentros con Keane durante los años en que el francés jugaba para el Arsenal eran casi como un deporte aparte, una lucha de boxeo en paralelo al partido.

Vieira dijo que Keane, también capitán de la selección irlandesa, siempre había sido un tipo "justo". Quizá, pero a veces se pasaba; a veces rozaba la locura. El par de incidentes que tuvo con el jugador noruego Alf Inge Haaland recordaban más a una película de Quentin Tarantino que a las reglas del fair play que en las Islas creen haber patentado.

En septiembre de 1997, a las pocas semanas de ser nombrado capitán del Manchester United, Roy Keane se lesionó gravemente tras una colisión con Haaland, del Leeds United. No pudo volver a jugar hasta la siguiente temporada, pero lo que sí hizo, como confesaría después en su autobiografía, fue acariciar fantasías de venganza. Se la tomó, no un año, sino cuatro después. Al comienzo de un partido en abril de 2001 le hizo una entrada brutal a Haaland, de manera absolutamente premeditada, a la altura de la rodilla. Keane recibió la roja, fue suspendido durante cinco partidos, y multado con 200.000 euros; Haaland dejó el campo en camilla. Menos de un año después, incapaz de recuperarse de su lesión, se jubiló.

Por esto, y mucho más, cuesta un poco sentir pena por Keane, que hoy vive sus horas más bajas. Dimitió el jueves como entrenador del Sunderland, cargo que había ocupado durante 27 meses. Se fue abatido, deprimido, confuso, hundido. Siempre había sido un hombre que se jactaba de dar la cara, de ser el tipo duro y silencioso, el Clint Eastwood de los terrenos de fútbol. Pero le comunicó su renuncia al presidente del club no cara a cara, ni siquiera por teléfono, sino por mensaje de texto. Y esto después de cuatro días en los que estuvo desaparecido. Cuando el Sunderland perdió 1-4 en casa contra el Bolton el sábado pasado (la séptima derrota en ocho partidos), Keane hizo unas declaraciones tan raras que uno podría haberse imaginado que estaba contemplando el suicidio, o recitando unas líneas del dramaturgo surrealista Samuel Beckett. "Sólo hay una persona a la que se puede culpar... Y esa persona soy yo", dijo. "Mira siempre al hombre en el espejo. Eso es lo que haré esta noche".

Y se quedó haciéndolo hasta el jueves, cuando el gran gladiador del fútbol inglés tiró la toalla. No estaba nada claro que lo fueran a echar. Todavía no, por lo menos. Su trayectoria había sido buena. Llevó al Sunderland de la Segunda División a la Premier en su primera temporada; en la segunda logró el objetivo de consolidar la permanencia del club en la más alta categoría; y ahora, en su tercera temporada, había bajado a la zona de descenso, pero quedaba mucho campeonato por delante.

Si decidió irse por voluntad propia, fue porque su orgullo no soportaba que lo echaran. Una vez declaró, tras la venta de su compañero del Manchester Jaap Stam al Lazio, que los clubes trataban a los jugadores como pedazos de carne. Tratan a los entrenadores igual. Tratan a todos igual. Así es la vida y después, como podría haber dicho Woody Allen, la carne muere. Keane era duro en el campo pero fuera de él acabó mirándose un día en el espejo y lo que vio fue un mortal frágil y fracasado.

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