Harlem, cuna de los míticos Globe Trotters, nos recibió con los brazos abiertos. Según Enric González, cuando Clinton decidió ubicar allí su despacho, los alquileres se dispararon y el barrio vivió una época de esplendor. El día era soleado y a mi todo me parecía parte de uno de esos barrios de Projects donde se esconden los próximos talentos de la NBA, si consiguen sobrevivir a las calles que les rodean.
En aquella Misa Gospel, los únicos blancos eramos turistas y no dejaban hacer fotos. Nos quedamos con las ganas de grabarlo todo. Al Papa Ratzinger le saldría urticaria al ver semejante mezcla de fe cristiana, soul y rhythm & blues. Toda una experiencia después de haber dormido apenas dos horas.
La chica que tenía en el banco de delante era un clon de la ninfa de ébano que le roba el corazón al hijo de De Niro en "Una historia del Bronx". Estábamos empezando a saborear la verdadera City: la que siempre nos habían contado en las películas, la única que nos interesaba de verdad.
El Metro esconde cientos de líneas en varios colores, letras, números. Todo parece orquestado para confundir a los turistas para que acaben en Nueva Jersey: el hogar de Tony Soprano donde pocos días después el mayor de los Gasol debutaría con la camiseta más gloriosa del baloncesto, junto con la de los bombarderos de huevos del Ramiro.
La Zona Cero se ha convertido en una atracción turística más, las parejas se fotografían allí encantadas, recordando qué estaban haciendo el 11-S a la hora en que reventaron las torres. El gran acontecimiento histórico de nuestra generación se ha convertido en una enorme explanada que van rellenando de cemento y hierba, para conseguir tapar las heridas de una ciudad tan magnética como salvaje.
Toda empresa seria ha de tener un edificio en la Gran Manzana, cuanto más grande más prosperidad habrá en el horizonte de sus números. Las sedes de las grandes corporaciones hacen sombra en los ríos que rodean la Isla Nuclear de lo que un día fue Nueva Amsterdam. A mí esos paseos a la ribera del Hudson me recuerdan al maestro Woody, acompañado siempre de una de sus protagonistas buenorras, a las que conquistaba con su humor post-sarcático, hasta que se hizo demasiado mayor para encamarse con Scarlett.
El Puente de Brooklyn siempre ha estado ahí, en nuestro subconsciente televisivo, desde el día que nos convertimos en la reencarnación del prota de "Sigue Soñando", sometidos a ingestas masivas de rayos catódicos y siendo los únicos que nos atrevemos a mostrar pechos en una sitcom, pero solo de las secundarias, que los de las protagonistas confundirían a los espectadores.
En Brooklyn, el realismo mágico de Auster se entremezcla con las naves descampadas donde se rodó "Infiltrados". Pasa más de media hora sin que veas a nadie, temes que algún mafioso de resaca te mandé a dormir con los peces por estar donde no deberías, observando el skyline manhateño desde el otro lado del East River.
Te acuerdas de lo mucho que hablaba Eduardo Lago de Brooklyn Heights, pero estando allí no sientes nada especial: no hay ganas de escribir, ni personajes rotundos cuyas caras sean un relato en sí mismas. Aquello parece más bien el Barrio de Salamanca de allí, donde niños pijos madrileños que apenas hablan inglés, visten sudaderas de Harvard, sin sospechar que tu detestas las capuchas.
Brighton Beach y Coney Island están demasiado lejos, tendrán que esperar a la próxima vez. Abandonas Brooklyn en busca del legendario ferry de Staten Island, se trata del penúltimo distrito que visitas en un solo día. Allí se rodaron "El Padrino", "Uno de los Nuestros" y "Donnie Brasco"; solo por eso, es de precepto pisarlo, aunque solo sea un tocar y volver.
El Ferry pasa por delante de Ellis Island, por enésima vez te acuerdas de Don Vito y todos los inmigrantes que puede que alguna vez creyeran o vivieran "El Sueño Americano". Miss Liberty te saluda desde su isla, parece más pequeña de lo que imaginabas, no tan grande como para aguantar el peso de 5 o 6 miembros de la Patrulla X.
En Wall Street el dinero se escapa por las alcantarillas. ¿Por qué no podemos visitar la reserva Federal? La ironía del viejo McClane aún colea por estos lares. Ves a lo lejos el Ayuntamiento en el que Pacino protagonizó una de sus peores películas. Han sido demasiados iconos en poco tiempo, es hora de visitar a los morriqueños del Bronx.
Delante de las oficinas del Yankee Stadium, te acuerdas de George Constanza y sus 10 mandamientos para "trabajar duro". Otra vez tienes la sensación de que si te pasa algo, nadie te encontraría ni en un millón de años. Buscas la camiseta de algún beisbolista que se apellide Pérez, lo más parecido es Rodríguez y no te convence. Por esta vez te saltarás la visita al estadio y no comprarás ningún souvenir, prefieres gastar tu dinero en deportes cuyas reglas entiendes.
Con am-pollas en los pies, enfilas la penúltima etapa del día, visitas de nuevo Grand Central para despedirte de Carlito y Pachanga. Te pilla de camino a la ONU, en el trayecto te das cuenta que ya la viste de lejos el primer día, mientras esperabas para alquilar un Mustang del 64. Allí no hay gran cosa que ver, haces la foto de rigor y por primera vez te acuerdas de Sonny Penn, rodando "La interprete" de la mano de Nicole.
En la tienda de la NBA de la Quinta Avenida, te comentan que la nueva camiseta de Gasol no estará disponible hasta dentro de un par de semanas. Te da igual, sabes que este año ganará el anillo y el Estu se salvará del descenso. Pasas otra vez delante de la Biblioteca donde a George le llamaban Castaña y Kramer, tirando de caborca, se ligaba a la bibliotecaria frígida.
En Abercrombie te percatas de que en cada planta, junto a la escalera, hay una modelo a la que pagan por sonreir a todos y cada uno de los recién llegados. Un paisano te pregunta si has visto a Odom en la tienda de la NBA, al parecer estuvo allí unas horas antes. Los Lakers de tío Phil y Gasol se hospedan en el Ritz, unas manzanas más arriba de tú cubículo, del que vuelves a escapar como cada noche, para probar la hora feliz en el East Village.
En el local suena Ryan Adams. Entre Jamisons con Ginger Ale, haces hueco a un Black Sambuca. En mitad de la nada aparecen garitazos en los que da igual que sea lunes o la gente esté resacosa después de las pírricas celebraciones de la Super Bowl. Como tampoco entiendes de fútbol americano, tú lo oíste en la SER, donde los del Carrusel narraron, a golpe de copazo, todo lo que nos interesaba a los que no nos interesaba el propio partido.
Una última parada te lleva a Little Italy, Chinatown, Tribeca, Nolita, Soho y Noho. Tal vez has ido demasiado deprisa, pero te has quedado con la esencia de todo. Recorres Queens camino del JFK, lo único que necesitas y tienes ahora es tiempo, horas muertas para recordarlo el resto de los días.
miércoles, febrero 13, 2008
Viaje al resto de los días
Publicado por
crooner79
en
1:09 p. m.
Etiquetas: viajes
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario