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domingo, marzo 15, 2009

Oceanos de Tiempo


Cuando sabes que ya no podrás volver a ver a alguien, es como si hubiera muerto, como si todo hubiera acabado para siempre. Las noches más absurdas son las que acaban marcando nuestra existencia, con eventos no esperados. Cantidades industriales de alcohol pueden prender la mecha que combustione nuestro mundo y lo ponga todo patas arriba.

Tumbado en una playa de Dubai, me puse a reflexionar sobre cómo había llegado hasta allí, sobre lo que hubiera sido de mi vida si hubiera seguido más tiempo a mi lado. Seguramente hubiera tenido que apartarme de mis amigos, de mi familia, empezar a trabajar antes, descuidar los estudios, convitiéndome en un tipo taciturno y anodino, algo parecido a lo que era ahora, pero con diez años menos.

El lujo y la ostentación hacen que te olvides de lo fundamental: la supervivencia mental y física. Entre tanta maravilla artificial, contaba los minutos que faltaban para escaparme de ese paraíso construido con petrodolares en forma de ladrillos. Las noches eran largas, dificilmente lograba conciliar el sueño, el trabajo estaba casi finiquitado, la presión había desaparecido y había conseguido sobrevivir a un sitio y un tiempo de locos.

En aquel garito exigían inspeccionar tu cuenta corriente para entrar, aquellos clientes tan distinguidos se encargaron de franquearme la entrada a un espacio pequeño y sombrío, de los que tanto me gustaban cuando apenas tenía 20 años. La música era mestiza, como el alma de todos los que fingíamos no escucharla. Botellas multicolores inundaban las pupilas de todos esos lugareños y forasteros, que se estaban condenando con pensamientos que flotaban entre vapores etílicos.

Las luces de neón se mezclaban con un conveniente astigmatismo, tuve un deja vú, me pareció verla allí, diez años después, con el mismo rostro perfecto de hace una década y los ropajes de una princesa de las mil y una noches. La barra del bar estaba franqueada por varios siervos de Alá, que hacían la vista gorda mientras sus correligionarios se bebían las puertas del infierno.

No podía ser ella, pero a la vez lo era, su mirada no me reconoció, pero a la vez percibió algo familiar en mi: la expresión característica de aquellos que mejor te conocen. Era obvio que no hablaba mi idioma y que no podía cruzar más de un par de frases en inglés con los clientes de aquel tugurio. Su perfume era característico, el hastío y la desesperación enjuagaban unas lágrimas secas, en un rostro donde una leve sonrisa elevaría tus sueños a la condición de realidad.

Los días que me quedaban en los Emiratos, los pasé restando los segundos que faltaban para que llegara la noche, para volver a colarme en las entrañas del asfalto, para beberme mi dosis de nostalgia, cruzando la frontera de la realidad para volver atrás en el tiempo y enmendar errores que jamás te perdonarían. Su cuerpo había resucitado para mí, para servirme el elixir de la eterna embriaguez y confundir mis delirios etílicos con una segunda oportunidad del destino.

Derrotado por las circunstancias, me sumí en un sueño profundo, del que solo me despertaron los gritos ininteligibles del personal del local. Sus voces me decían que me fuera, que mi hora había llegado y los perdedores debían acabar en otra parte. En la calle, la noche se fusionaba con los milagros arquitectónicos, cristales que multiplicaban por mil su imagen en mi cabeza ... hasta hacerla realidad.

El viento arrastraba su melena, parecía perdida, como esperando a alguien que ya no llegaría jamás. No necesitamos hablar, mis ojos se lo dijeron todo, el resto fue un camino desconocido para los dos. No sabíamos como volver a casa, pero sabíamos que la encontraríamos juntos. Se deslizaba por aquellas calle de diamante, como una criatura presa de un cuento, de un deseo ajeno a la razón y a los sentimientos.

Un hotel de 200 plantas en el que jugar con sus siete estrellas, una suite cerca del cielo, puede ser el escenario perfecto para empezar tu vida de nuevo, para sumergirte en burbujas de comprensión no verbal. Cuando el sol amenace con acabar con la magia de aquella noche, ella se vestirá, despidiéndose para siempre con un dulce beso en tu frente y un reconfortante "descansa".

martes, febrero 24, 2009

El Boxeador y una chica de Alcobendas


Tumbado en su poltrona, el Boxeador observa como aquella chica con la que se cruzó hace más de una década, se ha coronado como la actriz del momento, como la aspirante máxima al trono de la mejor interprete nacida dentro de nuestras fronteras. Nunca sospechó que una noche de febrero, sus destinos se volverían a encontrar, bajo los focos del Kodak Theater.

Él siempre fue un hombre de excesos, capaz de explorar todo lo abarcable, con la única exigencia del todo o nada. Desde la violencia más brutal hasta los caminos del pacifismo utópico, sus sentimientos a veces estaban tan vacíos como ese vaso de escocés que nunca vio lo suficientemente lleno.

Con ella aprendió el significado de los pechos con sabor a tortilla de patata, abrió los ojos para inundarlos de realidades insólitas, cruzó el charco por primera vez, para toparse con fundamentalismos que jamás abrazaría una guapa de barrio de Alcobendas. Con ella superó todos los complejos idiomáticos, se sumió en una espiral de drogas, sexo y compañeros de reparto que no siempre estuvieron a la altura del guión de sus sueños.

Cuando la noche se acababa y el sol amenazaba en el horizonte, un uppercut no era suficiente para vencer la tristeza de una realidad muy deficiente. Su ambición era insaciable, con ella solo valía ser el mejor: el segundo no era más que el primer perdedor.

Echaba de menos su casa, a su gente, todas las cosas que le convirtieron en lo que un día fue. Sus historias seguían teniendo la misma gracia, pero ya no quedaba nadie que las entendiera, nadie que estuviera ahí para reírselas. Regando el gaznate con Bourbon de Memphis, aún tuvo tiempo de acordarse de otros compatriotas que se dejaron la vida cruzando el Atlántico.

Él sabía que aquella chica llegaría lejos y que el día que lo hiciera, todos dirían que un día fueron sus amigos. Todos menos él, que siempre se obsesionó con seguir el camino más difícil, que solo quiso besar a las mujeres más adorables, elegantes y dulces: las que menos se parecían a él.

martes, enero 06, 2009

Huyendo a los lados



La culpa fue de mis vecinos de arriba, hacían demasiado ruido y me acostumbraron a estudiar con música. Al principio era clásica, pero luego aprendí a ignorar las letras de las canciones. Todo empezó de una forma absurda, pero acabó derivando en una abstracción de la realidad.

Era fácil mantener una conversación oyendo, no escuchando. Las palabras tenían su propio ritmo y se mezclaban con el ruido ambiental. Siempre me aburrieron las clases, horas desperdiciadas en unas aulas donde podríamos haber sido felices, pero en las que nuestro único consuelo era encontrar un punto de referencia, algo que mantuviera nuestra atención todo el tiempo posible.

Por mucho inglés que aprendiera, todas esas letras no tenían ningún sentido para mi, daba igual que fueran elegantes o barriobajeras, estaba condenado a tararear foneticamente y no entender el mensaje que el cantante intentaba colarme.

En una noche nefasta, bajando por Doctor Esquerdo, el sonido de los claxones envolvía Madrid, como un manto protector que nos recordaba que no teníamos porque vivir deprisa, ni cumplir expectativas que otros pusieron en nosotros, pero que jamás serían nuestras.

Todas esas canciones que jamás escucharemos en directo, constituyen nuestro leitmotiv: la banda sonora de nuestros empates a cero, de las veces en las que no quisimos o pudimos hacer lo que teníamos que hacer. Nuestros remordimientos suenan a voz cazallera, a barras de bar castigadas por máquinas de discos infernales.

Entre melodía y melodía nos sumergimos en el sueño más profundo, el de la tranquilidad que precede a la tormenta. El mundo no estaba hecho para que nosotros lo cambiaramos, porque estabamos condenados a que él acabara transformandonos a nosotros.

jueves, diciembre 18, 2008

3 años, 300 posts


Un año más, acudo puntual a la cita con la onomástica de este "Lo Mejor NO es Dormir", creado hace ya más de mil días. En el balance de lo que han sido estos 12 meses, es obligado acordarse de esos sitios que pisamos por primera vez: Nueva York, Estocolmo, Berlín, Viena, Tel Aviv, Jerusalén, París ... si somos lo que viajamos, este año hemos sido una capital con encanto, mucha historia y miles de recovecos para encontrar un lugar en el que refugiarnos de nosotros mismos.

Cuando recordemos el 2008, para nosotros siempre será el año que ganamos la Eurocopa, en el que unos intrépidos veinteañeros y un gruñón viejuno, en los que casi nadie creía, acabaron con la maldición de los cuartos, haciendo añicos la injusta tradición del "jugamos como nunca y perdimos como siempre". Una tradición que si se cumplió en la mañana en la que el Redeem Team nos birló la medalla de oro de baloncesto en Pekín, cuando nuestros Muchachos se atrevieron una vez más a desafiar a la historia. Si el deporte es una metáfora de la vida, ya no sirven las excusas, estamos más que obligados a llevar la cabeza bien alta cuando vayamos más allá de nuestras fronteras.

Editors, Pereza, Coldplay y Calamaro tocaron en directo para este blog, droga dura de la que no maltrata demasiado nuestras neuronas. Con semejante banda sonora, estábamos obligados a explorar una amalgama de relatos, inspirándonos en el maestro Enric González, nuestro nuevo cronista de cabecera. Boyero fue fiel al 17-O, demostrando que cuanto más convulsos son los tiempos, más necesario es rendir tributo a nuestros mitos y leyendas fundacionales.

Al final conseguimos salvar al Estu, con nuestro apoyo desde la media distancia, observando con recelo lo que podían ser sus últimos minutos en la élite. Éste también ha sido el año en el que un español por fin vistió la camiseta de los Lakers y otro se llevó un Oscar a escasos kilómetros del Staples Center, hitos inéditos en unos meses en los que por momentos parecía que todo lo que se nos había negado tanto tiempo, ahora era algo cotidiano y sencillo.

Unas cuantas películas nos dejaron poso: la seriedad fantástica de "El Caballero Oscuro", el Brookyn en el que nos perdimos y reencontramos de "La Noche es Nuestra", el lirismo y mala conciencia de "Antes de que el Diablo sepa que has muerto" o el vitalismo de "Iron Man", que acabaría dando un giro inesperado a nuestra existencia.

Dino Martin nos enseñó lo que es la ataraxia. Steve Nash se convirtió en mucho más que la inspiración de José Calderón. Giggs consiguió otro doblete histórico desde la incontinencia futbolística. Robert Müller nos hizo disfrutar de cada minuto como si fuera el último. Del Piero desafió al tiempo desde la decena del fantasiasta. Y, por supuesto, nos despedimos para siempre de Paul Newman, con la esperanza de redescubrirle en cada una de sus películas.

Este año nos tuvimos que rendir a la evidencia de que el mejor cine se hace en series como "Roma", "Entourage", "The Wire", "Life", "Eli Stone", "New Amsterdam", "Californication" o "Sexy Money". Gracias a la magia de Internet, nos enganchamos a universos catódicos que cada vez nos recuerdan más a los nuestros propios, . Sobrevolamos los cielos del Atlántico y el
Mediterráneo, con la esperanza de conseguir redondear otra centena de posts para poder agradeceros otra vez, que estéis ahí para leerlos.

miércoles, noviembre 05, 2008

Cuando lo imposible es posible



El día en que Obama se hizo con la Casa Blanca lo recordaremos como parte de una maraña de acontecimientos históricos que nos rodean por todas partes y de los que todavía no sabemos si saldremos bien parados. Se habla mucho en los medios y en la calle de crisis, recesión, paro, burbujas que se pinchan ...

La última vez que pisé los States, sumido en ese jet lag inverso que te hace despertarte a las 4 de la mañana porque en España son las 10, tuve mi primer contacto audiovisual con un monstruo de la retórica y la puesta en escena: Barack Obama. Un hombre hecho a sí mismo al que parece que le sobra inteligencia, sin demasiados escrúpulos y que representa la penúltima esperanza de un mundo que hace años que perdió su fe en los políticos.

La suya ha sido una lucha contra corriente, parecida a la de Tommy Carcetti en "The Wire", pero a la inversa. La magistral serie de la HBO nos muestra a un concejal joven y blanco que se atreve a presentarse a la alcaldía de Baltimore, ciudad de mayoría negra en la que hace décadas que todos los alcaldes han sido afro-americanos.

En su trayectoria hacia el ayuntamiento, Carcetti nos muestra las luces y sombras de la carrera electoral, los pactos con el diablo necesarios para seguir vivo en política, los sapos que hay que tragarse y la lucha interior para que no se esfume del todo la honestidad que, muchas veces, se opone por completo a una ambición infinita.

En el país de las conspiraciones, son muchos los que piensan que en los próximos meses se pondrá a prueba al electo presidente, buscándole las cosquillas para averiguar hasta donde está dispuesto a llegar. Por muy mal que lo haga Obama, es virtualmente imposible que lo haga peor que su predecesor en la Casa Blanca. Como en tantas ocasiones, el maestro Enric González nos ha vuelto a dar una lección de historias con su columna de hoy:


El presidente peor cualificado del siglo XX, un tipo al que nadie quería. Se llamaba Harry Truman. No tenía educación universitaria. Tampoco tenía dinero ni contactos familiares. Por no tener, no tenía ni buen carácter. Su única base política era la mafia demócrata de Misuri, racista y corrupta. En 1944, el presidente Roosevelt, consciente de que iba a morir en poco tiempo, se presentó por última vez a unas elecciones. Buscó un buen vicepresidente, que había de ser su sustituto, pero no lo encontró. Sólo encontró a Truman, un senador novato, tan despreciado en Washington que carecía de enemigos.

Después de tres meses como vicepresidente, en los que Roosevelt no le dedicó ni 10 minutos para explicarle cosillas como la existencia de la bomba atómica, Truman se vio en la Casa Blanca. No sabía nada. No tenía aliados. Se puso a mandar porque no había alternativa.

En los siguientes meses y años, Truman lanzó dos bombas atómicas sobre Japón y concluyó la guerra, estableció el Plan Marshall para reconstruir Europa, fue decisivo en la creación de la ONU, organizó la OTAN, acabó con la segregación en el ejército (y era racista), reconoció el Estado de Israel (y era antisionista), inició la Guerra Fría, asistió a la victoria del comunismo en China, combatió en Corea contra soldados chinos y aviones soviéticos, destituyó al héroe McArthur, creó el seguro médico. Entretanto, ganó contra todo pronóstico las elecciones de 1948.

Cuando se retiró era impopular y pobre. Tuvo que vender unos terrenos para ir tirando. Hoy se le considera uno de los mejores presidentes de Estados Unidos.

Empieza una presidencia. Veamos qué da de sí.

viernes, octubre 17, 2008

Año Muchacheo


Eran las 4 de la tarde de un viernes 17 de octubre del 97, un sucinto mensaje me esperaba en el contestador de casa: un cumpleaños de un conocido, al que ir a hacer bulto, un plan alternativo a finiquitar o enfrentarme a una historia que no iba a ninguna parte.

Aquellos eran días extraños, el fin de una época y el comienzo de otra bien distinta. Las 6 de la tarde parecía demasiado pronto para quedar, pero lo hicimos de todas formas, no había tiempo para siestas ni lamentos. Eramos 3, dos de ellos convencidos de mala gana, con un cierto hastío en la mirada, el sol pegándonos en la jeta y mucho odio acumulado contra aquellos malotes de medio pelo de la generación del 80, que siempre nos observaron como perdonándonos la vida.

El veranillo de San Miguel estaba en su máximo apogeo, tanto que nos regalo una noche en manga corta. Nosotros inventamos la privatización de botellas, en concreto fueron tres: whisky, martini y ron blanco. Nuestra aportación simbólica fueron 20 duros por cabeza, los dimos refunfuñando por el alto precio de aquel cumpleaños, en el que no recuerdo si llegamos siquiera a felicitar al anfitrión.

Los minutos pasan rápido cuando mezclas bebidas blancas y oscuras, nos adueñamos de la tarde-noche y empezamos a dar capotazos con unos minis bien colmados, ideales para comenzar la última semana de minoría de edad. Comenzamos a vislumbrar fantasmas del pasado, antiguos compañeros de colegio que salen de todas partes y que tienen la misma sensación de que la recién estrenada vida universitaria es una mierda y ojala se acabe cuanto antes.

La noche cae sobre Tribunal y se nos empieza a nublar la mente, experimentamos distintas reacciones etílicas: euforia extrema, lucidez, desasosiego, KO total ... Los minutos pasan despacio y no somos conscientes de que estamos fundando un grupo, una forma de ser y estar en el mundo que dura ya más de una década.

En los tiempos en los que los móviles no existían para el común de los mortales, llegamos flotando al lugar donde empezó todo. Jugaríamos una vez más con nuestro destino, sabiendo que nos arrepentiríamos alguna vez, pero 11 años después tendríamos claro que hicimos lo correcto.

Unos pocos tuvieron que abandonar el barco antes de tiempo, por culpa de tónicos y ausencia de material sólido en el estomago. Aquella noche fundacional, descubrimos que en nuestros peores momentos, siempre tendríamos a alguien que nos llevara en volandas hasta casa, sin hacer preguntas ni reprocharnos nada, aguantando el temporal hasta que volviera a salir el sol en nuestras cabezas.

La noche acabó en Vaivén, el mismo sitio en el que unos meses después un Muchacho tocaría el cielo y el infierno en un manteo cósmico, aquel en el que construiríamos un geiser artificial que sería recordado durante décadas. Con la música de los Smashing de fondo, nos fuimos a casa, al día siguiente había que madrugar, aquel sería un año duro, del que ya solo recordamos los buenos momentos.

Seis años después de aquel primer 17-O, celebramos el primer Año Muchacheo (cuando cae en viernes, como el original) y hoy hacemos lo propio con el segundo. Todo ha cambiado mucho desde aquel primer 17-O, algunos se han prometido, casado, tenido hijos ... Hemos surcado continentes y países que jamás pensamos que llegaríamos a visitar, nos hemos reinventado medio millón de veces, pero a la vez seguimos siendo los mismos: aquellos que gritaban el canto fundacional: ¡¡ LARA LARA LARA ... LARA ... 17-O, 17-O, 17-O !!

sábado, agosto 30, 2008

El día que cerraron todos los kioskos


Sabíamos que este día llegaría, que las páginas claudicarían al fin ante las pantallas y el negro sobre blanco ya nunca más volvería a ser el mismo. Nos sentíamos alienados por tanta tecnología, pero a la vez la necesitábamos, ya nunca podríamos vivir sin gadgets ... sin querer las cosas más rápidas, más precisas, menos sinceras.

Como un agosto cualquiera, los kioskos cerraron sus puertas, esta vez para siempre. Ya nunca más podríamos bajar a comprar El País o El Marca, tendríamos que leerlo en nuestros portátiles o nuestros móviles. Los herederos de Boyero tendrían que contestar las preguntas de los internautas, mientras el negro de turno les escribía los artículos, ocultando sus sucios rizos y amaneramiento, buscando esa inspiración que le salvara de nuestro desprecio eterno.

El Señor de los Excesos me confesó una noche que jamás llegaríamos a estar satisfechos del todo, que nunca saciaríamos nuestra hambre de triunfos, que cada victoria nos obligaría a conseguir otra más seria, que cada derrota nos encabronaría más y a la siguiente oportunidad actuaríamos como si no hubiera mañana.

Como un Bender humanizado, abusamos de todo lo bebible, comible, fumable y follable. No cerramos ninguna puerta, por si más adelante nos apetecía volverla a abrir. Visitamos demasiadas ciudades en las que nos sentimos incomprendidos, en las que tuvimos que sufrir a los lugareños y escapar de la inmensa soledad provocada por el desconocimiento del idioma local.

Nos consolamos quemando noches y días, esperando que el tiempo nos fuera propicio y no nos pasara factura hasta poco antes del amanecer. Sabíamos que en cualquier momento nos podíamos volatilizar, por culpa de nuestras ansias de vivirlo todo, de no dejar pasar ni una oportunidad, de demostrar que siempre hay algo mejor que hacer que irse a camazo.

Nos daba igual sacarle todo el jugo a nuestras existencia, lo que queríamos era bebérnoslo sin tener que exprimirlo. No nos hacía falta una sonrisa perpetua para demostrar si estábamos bien o mal, nuestro optimismo iba por dentro y lo interiorizábamos minando la moral de los demás, con miles de reglas absurdas que no conducían a ninguna parte.

Algunos nos llamaron vagos, otros Iruretas de la Noche. Siempre nos fue el estajanovismo extremo, demostrar que nada era imposible, sobre todo si nos decían que jamás seríamos capaces de hacerlo. Una noche nos despertamos entre sudores, era verano y el calor arreciaba en Madrid, aquello era una buena señal, aún no habíamos pasado a mejor vida.

sábado, agosto 23, 2008

El Final de una Época


Siempre fantaseamos con el día en que alguien de nuestra edad empezara a jugar en Primera División, esa fecha se pierde ya en la noche de los tiempos y, seguramente, forma parte de aquella época en la que la generación del 79 hizo a España campeona del Mundo sub-20 en Nigeria.

El reverso de tan glorioso debut era el día en que uno de los nuestros emprendiera el camino de la retirada. Aún no hemos cumplido los 30 y sospechamos que ya son muchos los que tuvieron que colgar las botas por unos motivos o por otros.

Cuando nosotros emprendíamos el iniciático verano que dividía el BUP del COU, una joven vitoriana con nombre de patrona Madrileña y apellido de héroe de la mitología hispana, afrontaba sus primeros juegos olímpicos con la misma ilusión e incertidumbre con la que nosotros visitábamos los primeros garitos, bebíamos nuestras primeras copas y sonábamos por primera vez con princesas de la noche que nos liberaran de nuestra inmensa inseguridad adolescente.

Mientras nosotros empezamos a quemar etapas vitales sobre los adoquines de alguna universidad maldita, Almudena Cid cumplió nuestro sueño de visitar las Antípodas y lo hizo además formando parte de nuestro equipo nacional, en unos juegos olímpicos espectaculares, inaugurados por la mismísima Kylie sobre una carroza blanca y que nosotros siempre recordaremos por haber oído la final de fútbol subidos en un taxi, de vuelta a casa en otra aciaga noche en el Cats, una más de aquel fatídico año 2000.

Por fin perdimos de vista la universidad y empezamos a ganarnos las habichuelas en alguna multinacional de las que enclaustran a becarios y personal externo en las catacumbas de sus monumentales edificios. En uno de aquellos veraniegos días de jornada intensiva, nos fuimos al baño y ya no volvimos más, seducidos por los cuartos de final de baloncesto en los que los americanos nos crujieron y mandaron a casa antes de tiempo.

A pocos metros de aquel pabellón de la cuna del olimpismo, una joven española de 24 años escribía con letra estilizada en el libro de la historia del deporte, clasificándose para su tercera final olímpica consecutiva, en una disciplina tan exigente y sectaria como la Gimnasia Rítmica.

Oteando en el horizonte la barrera psicológica de la treintena, medimos con mucho cuidado cada uno de nuestros siguiente pasos vitales, con miedo a olvidarnos de hacer algo, algo que ya no podamos hacer con un 3 como primera cifra de nuestra edad. Timoratos, nos tomamos más en serio que nunca el Carpe Diem, convirtiéndonos en una sombra nerviosa de los que eramos hace una década.

Mientras nosotros seguimos peleando con nuestro peculiar "Otoño de las Certezas", Almudena Cid sigue ahí, donde siempre ha estado: mostrándonos toda su magia desde el tapiz de unos juegos olímpicos, haciendo historia en un deporte que le ha dado todo y al que le ha dado todo, cerrando con lágrimas de oro la puerta de una carrera espectacular, cuyo éxito no se mide en números sino en momentos, recordándonos que lo más importante siempre fue participar y que ya nunca más habrá una gimnasta como ella. Digamos adiós como se merece a una de las mejores deportistas españolas de todos los tiempos: con la sonrisa de los que aprendieron de ella como cerrar etapas de la mejor manera posible.



miércoles, agosto 20, 2008

Cruz


Tirado en aquella cama de hotel de mala muerte, no hacía más que pensar en la canción de Calamaro: "Todo lo que termina, termina mal, y si no lo hace, se contamina más ...". Ella siempre se escudó en la maldad congénita de las mujeres para hacer lo que viniera en gana: tenía licencia para ser mala.

Nunca creí en la transición a una amistad cuando una relación acaba. Cuando algo importante termina, lo mejor que puedes hacer es salir por patas, lo más lejos que puedas, para evitar la tentación de absurdas segundas partes o recuerdos que te atormentarán no dejándote seguir adelante.

Me salté las reglas y encendí un pito, en la tele ponían "Closer" doblada al alemán, ya me costó entenderla cuando la vi en español, aquello si que era una misión imposible. Nunca me convencieron los rectángulos amorosos y nunca dejará de sorprenderme como el Croupier Clive Owen se vendió al capital y acabó de escudero de Jude Law y hasta anunciando cosméticos para metrosexuales en el Corte Inglés.

Las escasas curvas de Natalie Portman hacen de ella una stripper poco creíble, pero el tormento que esconde bajo su menuda apariencia, la otorga poderes para pasar de ser el sueño de cualquier hombre a convertirse en su peor pesadilla ... cuando las cosas se tuercen, cuando ya no hay vuelta atrás.

Llegados al punto de no retorno, ni todo el alcohol del mundo sería capaz de curar nuestras heridas. Necesitaríamos una lobotomía para olvidarla, para dejar de hablar con ella en nuestro pensamiento. Con ella en tu cabeza resulta imposible seguir el argumento de cualquier película, mantener la atención en negro sobre blanco, seguir con tu vida normal, si es que eso significa algo.

Cualquier sala de espera de aeropuerto nos servirá de excusa para ser víctimas del "Sindrome de Melendi", la liaremos parda y acabaremos en el cuartelillo, custodiados por un par de gendarmes vestidos de verde, el color de esa esperanza de la que ya no nos queda ni un poco.

Nunca fuimos de pastillas para dormir, prefiero el insomnio. Paso todo el día sobre la misma piltra, preguntándome si huí de ella porque se volvió loca o se volvió loca porque huí de ella. Parece que fue ayer, pero ya ha pasado un millón de años ... o viceversa.

martes, agosto 19, 2008

Cara


El último lugar de la Tierra en el que esperaba conocerla fue donde ocurrió todo. Siempre supe que los números jugaban con nuestro destino y que el 13 no tenía porque ser un mal día, siempre que las cifras del mes y el año anularan los malos augurios del número maldito.

Cuando ya no queda esperanza ya todo da igual y lo único que puedes hacer es fumarte un puro a tu salud, que es lo único que esta intacto cuando todo lo demás falla. Llegados a ese punto, lo único que puedes hacer es bajar los brazos y sentirte libre, gritar porque a nadie le importa lo que hagas o dejes de hacer.

Y entonces llega ella y lo cambia todo, con unos ojazos y una canción que nunca oirías si no te sedujera el video musical que la acompaña. Dejas que todo siga su curso, una conversación evocadora que te recuerda otras del pasado, las mismas que tuviste antaño pero cambiando la fecha y la chica.

Todas las piezas del rompecabezas encajan ahora y sabes que ya no podrás dormir esa noche, que a la mañana siguiente te despertarás y España habrá ganado a los Estados Unidos en baloncesto, que lo que parecía imposible hace tan solo unos días se ha hecho realidad, se te olvidarán las decepciones y te darás de bruces con algo de verdad.

Peleando a la contra aprendimos que moriririamos si nos tomabamos demasiado en serio a nosotros mismos. Reculamos y adoptamos la pose de los que no necesitan saber lo que va a pasar mañana. Dejamos que el viento sacuda nuestra jeta y nos escondemos para no darnos de bruces con la realidad de lo que todavía no esta escrito.

Intuimos que es ella la que curará todas nuestras heridas, que le daremos mala vida por nuestra inclinación natural a no valorar lo que tenemos y obsesionarnos por lo que nunca pondremos tener. El último tren ya partió hacia un universo de casas clones del que intentaremos huir para encontranos con alguien completamente opuesto a nosotros, que nos diga cuatro verdades y nos ponga por fin en nuestro sitio.

Volvemos al lugar donde empezó todo, de donde escapamos con más pena que gloria, oimos el ruido de los aspersores de fondo. La televisión se ha apoderado de nuestras castigadas e hipocondriacas almas y emite "Algo en Común", nunca nos sentiremos identificados con Zach Braff, pero siempre creeremos que sólo con la sonrisa de Samantha se puede construir una película mayúscula.

miércoles, agosto 13, 2008

Metamorfosis


Cuando ya no te acuerdas de como empezó todo, es hora de volver atrás. Tal vez fue en un pupitre o en alguna clase de gimnasia. Cuentan que la última noche que pasaron juntos Orson y Rita fue la mejor de sus vidas, bailaron hasta el amanecer y luego se despidieron, sabedores de que lo habían pasado fetén, pero ya nunca volverían a estar juntos.

El cine y la televisión siempre nos vendieron que tendríamos que ser felices en nuestra adolescencia, que nos convertiríamos en capitanes del equipo de rugby y conquistaríamos a la capitana de las animadoras, coronándonos reyes del baile de graduación, con romántico desenlace y más gloria que pena.

Nuestra adolescencia no fue como debía haber sido, pero echamos unos cuantos buenos ratos y además sobrevivimos a aquellos años de reparticiones, inseguridades y acné intermitente. Nunca nos agradó demasiado pasar por el aro, pero tampoco nos gustaba alejarnos demasiado de él, por si acaso.

Conocimos algo parecido al amor, que es cuando no eres correspondido, y cuando echamos la vista atrás, estamos convencidos de que fue mejor así. El verano era tierra de promisión, dejábamos al lado la rutina y el olor grisáceo de las que podrían haber sido nuestras hipotéticas parejas dieciseisañeras.

Exploramos senderos etílicos con la ilusión de los que podían beber legalmente a los 16, anticipamos fiestas y botellones inolvidables, fechas de las que se recuerdan con un número y una letra. Buscábamos conocer nuevas féminas fuera de nuestro ajartonado círculo de compañeras / conocidas y lo que conseguimos fue conocernos un poco mejor a nosotros mismos.

Parece que todo ocurrió hace un millón de años, pero no fue hace tanto, hace apenas 3 juegos olímpicos, cuando la generación perdida del 79 encontró su lugar en la noche.

sábado, agosto 09, 2008

Viejas sensaciones



Todo me pareció novedoso aquella noche, eramos los mismos de siempre, pero hacía demasiado que no nos veíamos las caras. De la torpeza inicial pasamos a ser nosotros mismos, como si no hubieran pasado millones de horas en las que habíamos pensado qué sería ahora de nosotros.

Tantas decepciones no se merecían un final feliz, pero tampoco una escapada hacia atrás, una huida hacia ninguna parte en la que los dos acabaríamos heridos para siempre. Demasiados años buscándonos sin encontrarnos, para acabar una vez más solos, él uno sin el otro.

Corrieron ríos de alcohol, que no acabaron de llenar nuestras sedientas almas de aventureros del mediodía. Nunca echaríamos suficiente de menos nuestros mejores ratos juntos, las conversaciones interminables hasta el amanecer y la comunicación no verbal: allá donde la telepatía no es más que una excusa para recordarnos de dónde venimos.

Aquella noche todo sería distinto, estábamos otra vez juntos y no nos dejaríamos llevar por la nostalgia de tiempos mejores. Aún teníamos mucho que construir y muchos demonios a los que atormentar gritando como si no hubiera mañana.

Al final de la madrugada, nos encontramos un nuevo día en el que por fin celebrar que la mala suerte había acabado para siempre, que está vez sí que creíamos en nosotros mismos y ya ni el sueño nos podría vencer.

Exortizamos nuestros últimos fantasmas en un alarido de dolor, dejando atrás un pasado que ya no nos interesaba. Miramos al horizonte con las pupilas dilatadas, rogando por unas horas más, el tiempo suficiente para salir corriendo ... para volver a donde empezamos.

martes, marzo 04, 2008

Mano a mano


Natalie castiga cada noche la barra de un bar, con la desesperación de los que un día lo tuvieron todo y lo perdieron por su incapacidad de dejar de ser fieles a sí mismo. Algunos lo llamarían tenacidad, otros cabezonería, pero ella siempre supo que tenía la razón y que estaba por encima del bien y del mal.

Desde muy pequeña, Scarlett se tuvo que conformar con los papeles que Natalie despreciaba, se fue acostumbrando a ser un segundo plato, menos guapa que resultona, en una industria en la que un día lo eres todo y al día siguiente no le importas a nadie.

Sus destinos se cruzaron de la mano de las Hermanas Bolena, una película de época en la que encorsetar el rostro inmaculado de Natalie y las curvas de Scarlett. Juntas tuvieron tiempo para conocerse mejor y explorar los demonios que trastornan a las mujeres más deseadas del Planeta. Scarlett siempre envidió la belleza serena de Natalie y la Portman daría cualquier cosa por poseer los pechos de la Johansson, sin tener que pasar por el quirófano.

Perdida entre la amargura de su aparente perfección, Natalie se sigue preguntando en qué momento lo tiró todo por la borda, cuándo decidió pasarse al lado oscuro, donde descansan las chicas malas, que se tambalean cada noche en la puerta de los garitos, perdiendo poco a poco la fuerza de su mirada, sumergidas en cientos de copazos de vodka-7, que riegan sus venas de alcohol y las vacian de sangre.

Scarlett observa la decadencia de su compañera de reparto, con la serenidad de las que siempre tuvieron muy claro lo que querían hacer con sus vidas. Ahora ella es la reina de Hollywood y, además, lo ha conseguido a su manera: desafiando a los que la tachaban de rubia de bote, lastrada por un físico espectacular que la condenaría a ser un género en si mismo.

Juntas pasean por las alfombras rojas de los festivales, se odian tanto como se aman, cada una ve en la otra lo que no es, saben de sobra que pasarán unos cuantos años antes de conseguir una estatuilla dorada. La timidez de Scarlett es impostada, mientras Natalie reflexiona sobre la fugacidad del estrellato y el triste destino de las niñas prodigio. Ambas se esconden por un momento de los flashes, comparten un cigarrillo en silencio, pensando en que tienen suerte de todavía aguantarse a sí mismas ... Se abre de nuevo el telón, la función debe continuar.

miércoles, febrero 27, 2008

Los Impolutos


El día que construyamos un museo del 17-O en Doctor Esquerdo a la altura donde gira el 30, los Impolutos tendrán un papel destacado entre la colección de reliquias muchachescas. Entre otros descansarán junto a:

- Los pantalones de cuadros + polo pistacho, el Donald, el TeleTubbie y las Camisetas Pillatas de Txete
- El polo de Argentina del Sr. Fo
- La Trenka y el abrigo negro con franjas amarillas que identificaba a Caladero en sus interminables paseos por el Red Light District
- La sempiterna camisa cranate del Sr. F y esos polos negros que tanto le gustan.
- La americana verde de pana modelo Suresmes de LJ
- Los vaqueros caídos y las cholas oficiales de Pete
- La primera cámara Casio amachumbradora-ultraplana de Dalabarrila
- La braga de Palankito que perdió y recuperó enfrente del Vaivén, gracias a sus plegarias a San Teleco

y tantos otros ítems tan apolillados como cargados de recuerdos.

Los Impolutos deben su fama a su perenne brillo e insaciable pulcritud. Comenzaron a inmacular los garitos de Madrid allá por el año 97, beneficiándose de la tirria que los puertas siempre le han tenido a las zapatillas de deporte. Ningún gorila se atrevió nunca a cuestionar la idoneidad de los Impolutos a la hora de dar lustre al prestigio de cualquier antro o discoteca en la que tuviéramos a bien parar.

No sabría decir cuando pasaron a mejor vida los Impolutos de primera generación, probablemente fueron víctimas de una mala patada a algún bote, durante una vuelta a casa con las manos vacías, o algún resbalón en suelos cenagosos mientras buscábamos una lentilla perdida, en una de esas fiestas en las que cada oveja buscaba a su pareja y, al final, acabábamos rescatando nuestros abrigos de un ropero en el que utilizaban bolsas de basura a modo de perchas, para abaratar costes y pillar más de cara al viaje de paso de Ecuador.

Los Impolutos de Segunda Generación fueron bautizados así por el dueño de las gafas de "Oda a unas Gafas", sin duda uno de sus más acérrimos seguidores, admirador de su total desprecio a las modas pasajeras y su porte marcial, casi como diciendo: por muy caótica y etílica que sea una noche, nosotros siempre estaremos ahí abajo, recordándoos que hay cosas que nunca cambian ... ni falta que hace.

Durante la era del Botellón, los parques más reputados de la capital probaron la invulnerabilidad de los Impolutos. Por muy arenosa y salpicada que se pusiera la cosa, nada conseguía alterar la infinita limpieza de esos zapatos, fabricados a fuego lento, sobre el cráter de un volcán milenario a punto de entrar en erupción.

Madrid se le quedó pequeño a los Impolutos y decidieron probar suerte en Plazas muy distintas de las Ventas: Salamanca, Gandía, Linzemolinos, Sanxenxo, Benalmádena, Sevilla, Txetejoyosa, Tenerife o Lanzarote, fueron algunos de los lugares comunes donde se probó su rictus imperturbable ante cualquier desafío. Con tamañas herraduras no había enemigo demasiado grande, ni culo que no mereciera una certera patada a tiempo.

Allende los mares, los impolutos demostraron que no necesitaban pasaporte para convertirse en una leyenda internacional. Desde Burdeos a Nueva York, fueron peinando las calles en busca de una mala tormenta que se atreviera a probar su inimitable consistencia. Cierto es que las últimas generaciones (5ª y 6ª), fueron adquiridas a escasos metros del estadio donde Tassoti le partió la jeta a Luis Enrique, pero siempre bajo los estrictos estándares que siempre caracterizaron a sus predecesores: sobriedad, robustez, versatilidad, elegancia discutible y polimorfismo nocturno.

Siempre recordaré la noche en que un vaso de Sambuca mal flambeado, desafió la inalterable virtud de los Impolutos. Los peculiares reflejos de los que dotan a aquellos que los calzan, salvaron al mito de una derrota segura; pocos instantes después, los incondicionales del Big Bamboo rompían en estruendosos aplausos: Siempre nos quedarán los Impolutos.

domingo, enero 13, 2008

Back 2 Back



Que una chica que durante unos minutos fue la mujer de tu vida te de la espalda, no tiene porque ser necesariamente una mala noticia. Hay encuentros fortuitos en el metro que no son cosa del destino, sino del azar, y lo mejor es hacer como ella: mirar para otro lado y fingir que no conoces al otro.

Reflexionando sobre la crueldad femenina, un día me di cuenta de la facilidad que tienen ellas para despreciar por completo al que un día fue la persona más importante en su universo. No entraré en una batalla de sexos, ni en una rajada machista de época, esa no es mi guerra.

Subiendo aquella cuesta cercana a su casa, pensé en la cantidad de veces que había estado allí esperándola. Cuanto más se envenenaba nuestra relación, más me hacía esperar. Era su forma de castigarme, utilizando un brutal desprecio por la puntualidad extrema de la que siempre hice gala.

Su frivolidad era fruto de una vida sencilla, en la que otros tomaban sus decisiones y se podía permitir el lujo de pasar de todos aquellos que no la apreciaban en exceso. Desde el principio sospeché que aquello acabaría mal, nunca he creído en los finales felices. El tiempo me acabó dando la razón.

Eché de menos mucho tiempo una llamada de despedida y cuando al fin llegó, me comporté como la criatura más fría sobre la faz de la tierra. A día de hoy no sé si me importó poco o nada, cuando pienso en aquella tarde, me acuerdo de lo rápido que lo olvidé todo. Cuando paso por delante del lugar, lo recuerdo y me sigo preguntando cuántas arpías se habrán envenenado, al morderse sin querer la lengua.

sábado, enero 12, 2008

Empezar a volver



Estaba perdido en las antípodas, de mi mismo y del mundo. Demasiado lejos de Brisbane como para no sentirme en mitad de ninguna parte. Me había empeñado en pasar aquel verano en Australia, sin sospechar que probablemente jamás podría volver a mi país.

La morriña es esa sensación que te embarga cuando echas de menos ver el Toro de Osborne en las carreteras y lo único que te cruzas en tu camino son canguros. Los australianos son gente del bosque, su lema es "Take life as it comes", algo así como "lo que venga, bueno es". Su acento es endiablado y no hay día que no te preguntes porque carajo el agua del retrete gira en la dirección contraria.

Hace frío, mucho frío y me he quedado tirado en un bar de mala muerte, en una de esas carreteras de miles de kilómetros, aquí les sobra espacio, la densidad de población es ínfima y es inevitable no sentirse a ratos como un extraterrestre. A veces me reencarno en el Bill Murray en "Lost in Translation", solo que yo jamás me cruzaré por aquí con una Scarlett, capaz de curarme la soledad.

Cuando pienso en todas las noches en que acabé hasta los huevos de mis amigos, ahora también las echo de menos. Siempre que la vida es simple nos encanta pensar en complicarla, en huir bien lejos, allá donde no nos conozca nadie y podamos tener un Koala como mascota.

Lo tengo decidido, cuanto que pase cualquier carro por aquí me subiré en él y le pediré que me lleve hasta Brisbane y desde allí pillaré el primer vuelo a Sydney. No vuelvo a casa, no me rendiré tan facilmente, al fin y al cabo, este es el país donde nacieron Nicole, Naomi, Natalie y Kylie.

miércoles, enero 09, 2008

Caín, Abel, etc ...



Muchas veces sospeché que mi hermano me acabaría buscando la ruina. En mi familia el cariño siempre se repartió a la manera comunista, a él le tocó papá y a mi mamá. Cada uno eligió como favorito al que se parecía más al otro fisicamente, como si por alguna razón fuera más hijo suyo, aunque los dos veníamos del mismo sitio.

Mi hermano nació apenas un año antes que yo, lo suficiente para que siempre fuera "el mayor", el que primero probaba las cosas y luego las escondía, para mantenerlas alejadas de mí. No hablaré de privilegios, ni de educación diferencial, desde el principio tuvimos que convivir el uno con el otro, no lo elegímos, pero así eran las cosas.

Siempre fue mejor en el deporte y con las chicas, pero se cansaba demasiado pronto de todo, no sabía extraer la esencia de las cosas y se obsesionaba demasiado con mis pequeñas victorias de perdedor impenitente. Tal vez él fuera más guapo, pero nunca supo escuchar a las mujeres, su enorme ego le condenaba a cansarlas demasiado pronto.

No hablaré de juego sucio, de aprovechar ocasiones en las que no estaba presente para intentar levantarme a una futurible. Digamos que no podía darme la vuelta sin la sospecha de que mi propio hermano me quitaría la chica por pura diversión. Nos acostumbramos a pelearnos, a gritos y con las manos, a estar meses sin hablarnos, a miles de kilómetros el uno del otro.

Siempre imaginé que acabaría bailando sobre su tumba, pero llegado el momento no fui capaz de hacerlo: la rivalidad perpetua es la sal de la vida, nos hace mejores y sin ella, muchas veces nos faltaría una razón para seguir adelante. Nunca echaré de menos lo suficiente a mi hermano.

martes, diciembre 18, 2007

2 años, 200 posts

jueves, diciembre 13, 2007

... hacia ninguna parte



Los seguratas me hacinaron en el típico cuartillo que tienen para hacer inspecciones anales a los portadores de farlopa transoceánicos. En apenas treinta segundos había mandado al carajo toda una vida esforzándome por ser un "buen chico", por portarme más o menos bien con todo el mundo, hacer mis tareas a tiempo, no meterme en muchas peleas, no dar demasiados disgustos a mis padres, no inyectarme droga, ni traficar con nada de lo traficable ...

A partir de ahora sería un convicto o ex-convicto el resto de mis días, todos los años que había pasado chapando y explotado en el curro, ya no valdrían para nada. Ninguna empresa de postín - de las que miran los antecedentes penales antes de contratar - me querría fichar y todos mis conocidos se avergonzarían de cruzarse conmigo. No había matado a aquel imbécil, pero le había hecho la suficiente pupita como para que un fiscal tipo Shark me mandara entre rejas unos cuantos meses.

La zona de embarque de un aeropuerto no es el mejor sitio para cometer un delito punible: estas en tierra de nadie, en una sucursal de ninguna parte en la que la gente pierde el tiempo mientras espera para salir volando lo más lejos posible, dejando atrás todo lo que habían sido, al menos durante las últimas horas o días.

Un segurata cincuentón y bigotudo vino a darme la charla, me dijo que lo que había hecho no estaba bien, que le había reventado la nariz y parte del craneo al imbécil, que debería controlar mejor mis instintos asesinos ... Nunca he llevado muy bien que me den la charla, pero en esta ocasión me daba igual, mi cuerpo seguía allí, pero mi cabeza hacía mucho que estaba lejos, muy lejos: pensando en las reflexiones de Jack Nicholson sobre los peligros de la promiscuidad en nuestro tiempo y lo mucho que nos habíamos perdido - sexualmente hablando - los que no vivimos los 60 ni los 70. El tío Jack y las miles de mujeres con las que se había acostado, eran el ejemplo perfecto de que con ellas: más vale tener gracia que ser agraciado, una inspiración para todos los no guapos.

Otro par de agentes de seguridad vino a escuchar la charla del segurata bigotudo, y ya de paso me trajeron unas roscas y un cortado. Aquel no era el típico trato que se les daba a los delincuentes en las películas policiacas: allí solo había polis buenos, o mejor dicho, seguratas buenos.¿Dónde carajo estaba la policía de verdad? Ya había pasado más de una hora desde que le fileteé la cara al imbécil con la maleta.

Me volvieron a dejar solo y tuve tiempo de reflexionar sobre la fugacidad de los buenos momentos y la arbitraria subjetividad de nuestra memoria selectiva, seguramente todo fuera producto de la ingesta masiva de roscas: demasiado azúcar nos puede llegar a colocar. Me dejaron la puerta entreabierta y cuando dieron las 2 de la tarde decidí largarme sin más. Salí, miré a un lado y al otro, y cuando me quise dar cuenta ya estaba de nuevo en mi coche, que por fortuna todavía no se había llevado la grúa.

Todo volvía a empezar, me esperaba una media jornada laboral en uno de esos edificios "inteligentes", situados en mitad de una civilización de casas clones. Aquella noche tendría algo en lo que pensar antes de irme al sobre ... aunque al final no fue así, me quedé dormido sin llegar a meditar ni por un segundo acerca de lo fácil que resulta perderlo todo y lo fácil o difícil que a veces es volverlo a recuperar.

martes, diciembre 11, 2007

Pistas de despegue propias ...



Siempre supe que acabaría liándola como el protagonista de "Un Día de Furia", sólo era cuestión de tiempo que pasara. Aquella era una mañana como otra cualquiera, estaba amaneciendo cuando salí del garaje y acabé de ver salir el sol durante la siguiente hora, que fue lo que tardé en recorrer el escaso kilómetro que separa el Puente de Vallecas del Alcampo de Moratalaz.

Supongo que en Madrid hay demasiados coches y por eso es normal que haya accidentes que obligan a cortar carriles de la M-30 en sentido Norte, pero aquel día me daba igual, estaba muy quemado. Si hubiera tenido una recortada me hubiera subido en el capó de mi coche y me hubiera liado a tiros, hay quien dice que relaja. Por suerte para todos, no consumo armas, así que decidí salirme por la tangente y escaparme por la nacional II, esa carretera maldita, llena de burdeles y que conduce directamente hacia el aeropuerto. Tenía que escapar de esta ciudad de una vez por todas.

Ya no recordaba la última vez que había estado más de una semana fuera de Madrid, era víctima de un síndrome que me hacía ver gente gris y obras por doquier. Cogería el primer avión que me llevara lejos, por supuesto evitaría la T-4; no llevaba equipaje que me pudieran perder, pero detestaba sus amplios espacios y su diseño arquitectónico vanguardista. Dejaría mi utilitario tirado en una zona amarilla, siempre sería más barato recogerlo en el deposito municipal que en el parking para estancias de larga duración.

Una vez dentro de aquella T-2 añeja, me acerqué al mostrador de Spanair y pregunté para qué vuelos quedaban asientos disponibles aquella mañana de niebla: Valencia, Bilbao, Munich, Copenhague, Varsovia, Praga, Florencia y Moscú. Por supuesto elegí la capital de la Toscana, sería un buen momento para reeditar mis correrías por aquella ciudad llena de arte y magia enlatada, además hacía justo una década que la visité en el típico viaje a Italia en COU.

No llevaba líquidos, ni maletas, ni portátil, por lo que el control de acceso a la zona de embarque sería un paseo militar, me gustaba la tranquilidad que se respiraba en aquella T2, nada que ver con los agobios típicos de la T4. Todo era paz y armonía, hasta que un gilipollas tuvo que venir a joderlo. Era un tipo alto, barbudo y enjuto, que empezó a protestar por tener que quitarse las botas para pasar el control. El personaje lanzó su calzado con saña al escaner y, acto seguido, se cagó en lo que llamó la puta mafia de los seguratas.

A su lado una asustada pero convencida novia, le daba con relativo miedo la razón. A ella le hicieron también quitarse los zapatos y al cabo de un rato por fin acabaron y pude pasar yo el control. Los seguratas que vigilaban eran de perfil bajo, parecían acojonados ante la mala baba del imbécil barbudo. Mientras me ponía el cinturón y el abrigo, aquel mamón seguía despotricando y chistando por tener que calzarse de nuevo las botas.

Nunca he sido un tipo violento, pero sentí un irreflenable impulso de inflarle la cara a ese imbécil ... y por una vez lo hice: cogí una maleta tamaño cabina que estaba a mi lado y se la lancé en la jeta al barbudo, ante el estupor y bizarro alivio de su partenaire femenina. La sangre del imbécil empapó el suelo de la zona de embarque de la T2 y los seguratas despertaron de su plácido letargo, para abalanzarse sobre mi persona. Me había metido en un lío ...