miércoles, febrero 13, 2008

Viaje al resto de los días



Harlem, cuna de los míticos Globe Trotters, nos recibió con los brazos abiertos. Según Enric González, cuando Clinton decidió ubicar allí su despacho, los alquileres se dispararon y el barrio vivió una época de esplendor. El día era soleado y a mi todo me parecía parte de uno de esos barrios de Projects donde se esconden los próximos talentos de la NBA, si consiguen sobrevivir a las calles que les rodean.

En aquella Misa Gospel, los únicos blancos eramos turistas y no dejaban hacer fotos. Nos quedamos con las ganas de grabarlo todo. Al Papa Ratzinger le saldría urticaria al ver semejante mezcla de fe cristiana, soul y rhythm & blues. Toda una experiencia después de haber dormido apenas dos horas.

La chica que tenía en el banco de delante era un clon de la ninfa de ébano que le roba el corazón al hijo de De Niro en "Una historia del Bronx". Estábamos empezando a saborear la verdadera City: la que siempre nos habían contado en las películas, la única que nos interesaba de verdad.

El Metro esconde cientos de líneas en varios colores, letras, números. Todo parece orquestado para confundir a los turistas para que acaben en Nueva Jersey: el hogar de Tony Soprano donde pocos días después el mayor de los Gasol debutaría con la camiseta más gloriosa del baloncesto, junto con la de los bombarderos de huevos del Ramiro.

La Zona Cero se ha convertido en una atracción turística más, las parejas se fotografían allí encantadas, recordando qué estaban haciendo el 11-S a la hora en que reventaron las torres. El gran acontecimiento histórico de nuestra generación se ha convertido en una enorme explanada que van rellenando de cemento y hierba, para conseguir tapar las heridas de una ciudad tan magnética como salvaje.

Toda empresa seria ha de tener un edificio en la Gran Manzana, cuanto más grande más prosperidad habrá en el horizonte de sus números. Las sedes de las grandes corporaciones hacen sombra en los ríos que rodean la Isla Nuclear de lo que un día fue Nueva Amsterdam. A mí esos paseos a la ribera del Hudson me recuerdan al maestro Woody, acompañado siempre de una de sus protagonistas buenorras, a las que conquistaba con su humor post-sarcático, hasta que se hizo demasiado mayor para encamarse con Scarlett.

El Puente de Brooklyn siempre ha estado ahí, en nuestro subconsciente televisivo, desde el día que nos convertimos en la reencarnación del prota de "Sigue Soñando", sometidos a ingestas masivas de rayos catódicos y siendo los únicos que nos atrevemos a mostrar pechos en una sitcom, pero solo de las secundarias, que los de las protagonistas confundirían a los espectadores.

En Brooklyn, el realismo mágico de Auster se entremezcla con las naves descampadas donde se rodó "Infiltrados". Pasa más de media hora sin que veas a nadie, temes que algún mafioso de resaca te mandé a dormir con los peces por estar donde no deberías, observando el skyline manhateño desde el otro lado del East River.

Te acuerdas de lo mucho que hablaba Eduardo Lago de Brooklyn Heights, pero estando allí no sientes nada especial: no hay ganas de escribir, ni personajes rotundos cuyas caras sean un relato en sí mismas. Aquello parece más bien el Barrio de Salamanca de allí, donde niños pijos madrileños que apenas hablan inglés, visten sudaderas de Harvard, sin sospechar que tu detestas las capuchas.

Brighton Beach y Coney Island están demasiado lejos, tendrán que esperar a la próxima vez. Abandonas Brooklyn en busca del legendario ferry de Staten Island, se trata del penúltimo distrito que visitas en un solo día. Allí se rodaron "El Padrino", "Uno de los Nuestros" y "Donnie Brasco"; solo por eso, es de precepto pisarlo, aunque solo sea un tocar y volver.

El Ferry pasa por delante de Ellis Island, por enésima vez te acuerdas de Don Vito y todos los inmigrantes que puede que alguna vez creyeran o vivieran "El Sueño Americano". Miss Liberty te saluda desde su isla, parece más pequeña de lo que imaginabas, no tan grande como para aguantar el peso de 5 o 6 miembros de la Patrulla X.

En Wall Street el dinero se escapa por las alcantarillas. ¿Por qué no podemos visitar la reserva Federal? La ironía del viejo McClane aún colea por estos lares. Ves a lo lejos el Ayuntamiento en el que Pacino protagonizó una de sus peores películas. Han sido demasiados iconos en poco tiempo, es hora de visitar a los morriqueños del Bronx.

Delante de las oficinas del Yankee Stadium, te acuerdas de George Constanza y sus 10 mandamientos para "trabajar duro". Otra vez tienes la sensación de que si te pasa algo, nadie te encontraría ni en un millón de años. Buscas la camiseta de algún beisbolista que se apellide Pérez, lo más parecido es Rodríguez y no te convence. Por esta vez te saltarás la visita al estadio y no comprarás ningún souvenir, prefieres gastar tu dinero en deportes cuyas reglas entiendes.

Con am-pollas en los pies, enfilas la penúltima etapa del día, visitas de nuevo Grand Central para despedirte de Carlito y Pachanga. Te pilla de camino a la ONU, en el trayecto te das cuenta que ya la viste de lejos el primer día, mientras esperabas para alquilar un Mustang del 64. Allí no hay gran cosa que ver, haces la foto de rigor y por primera vez te acuerdas de Sonny Penn, rodando "La interprete" de la mano de Nicole.

En la tienda de la NBA de la Quinta Avenida, te comentan que la nueva camiseta de Gasol no estará disponible hasta dentro de un par de semanas. Te da igual, sabes que este año ganará el anillo y el Estu se salvará del descenso. Pasas otra vez delante de la Biblioteca donde a George le llamaban Castaña y Kramer, tirando de caborca, se ligaba a la bibliotecaria frígida.

En Abercrombie te percatas de que en cada planta, junto a la escalera, hay una modelo a la que pagan por sonreir a todos y cada uno de los recién llegados. Un paisano te pregunta si has visto a Odom en la tienda de la NBA, al parecer estuvo allí unas horas antes. Los Lakers de tío Phil y Gasol se hospedan en el Ritz, unas manzanas más arriba de tú cubículo, del que vuelves a escapar como cada noche, para probar la hora feliz en el East Village.

En el local suena Ryan Adams. Entre Jamisons con Ginger Ale, haces hueco a un Black Sambuca. En mitad de la nada aparecen garitazos en los que da igual que sea lunes o la gente esté resacosa después de las pírricas celebraciones de la Super Bowl. Como tampoco entiendes de fútbol americano, tú lo oíste en la SER, donde los del Carrusel narraron, a golpe de copazo, todo lo que nos interesaba a los que no nos interesaba el propio partido.

Una última parada te lleva a Little Italy, Chinatown, Tribeca, Nolita, Soho y Noho. Tal vez has ido demasiado deprisa, pero te has quedado con la esencia de todo. Recorres Queens camino del JFK, lo único que necesitas y tienes ahora es tiempo, horas muertas para recordarlo el resto de los días.

domingo, febrero 03, 2008

Insomne en la ciudad que nunca duerme


Providence es un pueblacho y NY la capital del mundo, entre ellas está Conneticut y poco más. Cuando cubres el trayecto que las separa, el Sr. F te manda un sms para darte en primicia la noticia más esperada: Gasol a los Lakers: al fin un español vestirá de amarillo y púrpura. Aprovecho este post para cagarme en todos aquellos que están deseando que el Estu baje a la LEB.

Las hamburguesas son mucho más que una religión en PJ Clarkes, uno de esos míticos sitios que componían las historias de NY del señor Enric González, el último reducto de los que se oponen a que en la ciudad de los rascacielos solo haya rascacielos.

La noche cae sobre Manhattan y empiezas a pasear por sus Malas Calles, lo primero que te encuentras es la estación de Grand Central, la misma en la que se cargaron a Carlito. Ves las escaleras mecánicas por las que intentó escapar y el anden en que su Gale le esperaba, con la promesa de algo distinto, con la mirada de las que siempre serán la mujer de tu vida.

Eres el primero que pregunta por la nueva camiseta de Gasol en la tienda de la NBA de la 5ª Avenida, que no es otra cosa que el paraíso de los mitómanos adoradores de dioses del baloncesto. Te lo quieres llevar todo, pero ya no tienes sitio en la maleta. Próxima parada: Times Square.

La adoración a Obama y Hillary (y otro pollo que no me suena ni un poco) inunda las calles de la Gran Vía de aquí (por lo visto la llaman Broadway). Enormes carteles luminosos te recuerdan las cotizaciones del Nasdaq y que mañana (hoy) se juega la SuperBowl, entre unos invictos Patriots y uno de los equipos locales (los Giants). A ti el fútbol americano te la pela, pero la verás porque por una vez las abarrotadas calles neoyorkinas estarán desiertas y el ferry a Staten Island pilla un poco lejos del hotel.

Pasas por la puerta del Madison Square Garden y acabas cenando en el West Village, donde hay limusinas a tutiplen y los garitos solo te dejan entrar si vas acompañado de féminas. Un enorme todoterreno de lujo te hace las veces de taxi, el conductor te comenta que la semana pasada llevó a Paris Hilton y que estaba "hot".

En la puerta del garito Marquee un negro enorme te comenta que si le das 100 pavos nos deja entrar a los cinco sin tener que esperar cola ... Esa película ya la has visto y decides volverte al hotel, en el camino te cruzas miles de taxis amarillos, conducidos por Travis Bickles del siglo XXI, habitantes de la urbe de los inmensos rascacielos y las inmensas soledades. Ya no podrás dormir, las Malas Calles se han apoderado de tu alma.

martes, enero 29, 2008

La noche cae sobre Rhode Island


Mis pesquisas me han traído a la mítica Providence, capital del estado más pequeño de la unión, el que tiene la mayor densidad de Dunkin Donuts de todo el planeta y a escasos kilómetros del ficticio Quahog en el que habitan Stewie y toda su familia de maleantes.

Para variar, este año tardamos unas pocas horas en ver otra vez la nieve, lo que nos permitió practicar nuestro deporte favorito: el de los palos, palitos y palotes. Teniendo en cuenta la recesión que se avecina en el país, decidimos reflotar la economía americana a base de compras compulsivas, estrujando al máximo cada dolar y con la sensación de que por aquí no compra nada ni el tato: esto se va a pique.

Por aquí la cerveza reina también es la Sam Adams, cortesía de uno de los padres de esta patria, que por lo visto logró la independencia insuflándole zumo de cebada a los valientes que echaron a los de la Perfida Albión, que hoy en día todavía se preguntan quién colonizó a quién.

Oyendo a Obama hablar por la tele, da vergüenza ajena acordarse de los políticos españoles y pereza tener que ir a votar en poco más de un mes. Su propuesta se basa en el cambio, un giro que incluye el seguro médico obligatorio y la educación universitaria a precios razonables, dos derechos que nosotros hemos tenido desde tiempos inmemoriales. Una paradoja más en la tierra del esfuerzo que acaban haciendo realidad tus sueños, o eso nos han intentado vender siempre.

El Supermartes se acerca y todos estos caucus dejarán claro que demócrata ocupará la Casa Blanca a partir del 2009. Un par de día antes los Patriots y los Giants se jugarán la SuperBowl desde Arizona. Por primera vez disfrutaré de esta fiesta del deporte americano, desde las malas calles de Scorsese.

Aquí todo sigue siendo a lo grande, las gélidas calles de Providence esconden a cientos de mafiosos italoamericanos, que cada mañana se acercan a alguno de los miles de bancos de la ciudad, para mirar como engorda su cuenta corriente. Al mediodía irán a su pastelería favorita para comprar unos cannolis, mientras los engullen pensarán con nostalgia en la madre patria, aquella de la que sus ancestros un día salieron, con la esperanza de encontrar una tierra de promisión en la que los billetes fueran el fruto de los frondosos árboles que crecen en la Isla de Rodas.

sábado, enero 19, 2008

Fantasiesta


Es duro llamarse BernarDino Baggio y pasar a la historia como "el otro Baggio", el que no era un Fantasiasta, sino más bien un tronquete. Tras una carrera brillante, las comparaciones han sido odiosas, incesantes y dolorosas. Si tuviera que volver atrás, igual me hubiera dedicado al esquí alpino, seguro que le hubiera echo sombra al mismísimo Alberto Tomba.

Junto con mi amigo Ravanelli, montamos una pequeña empresa de blanqueo de dinero, algo modesto y sin pretensiones. No queríamos ser grandes capos, pero sí que la Cosa Nostra triunfara en el Norte de la bota como lo hacía en el Sur. Era cuestión de tiempo que ocurriera y estábamos más que preparados para ser los precursores y artífices de la conversión del Norte en el Sur.

Para empezar dimos un curso intensivo de crimen organizado a escasos metros del San Paolo, el mítico estadio en el que Maradona cambió para siempre el rumbo del fútbol. La Camorra es una organización seria y bien montada, allí no hacen falta ordenadores para controlar que no se escape ni un solo céntimo procedente de la extorsión.

Mis noches solitarias en el centro del campo, bregando con los más duros del Calcio, me enseñaron que ni se puede ni se debe confiar en nadie, sobre todo si parecen inofensivos. En el tercer tiempo es donde se descubre a los hombres de verdad, en mi época la metrosexualidad se llamaba homosexualidad y nos comprábamos los ferraris de cuatro en cuatro.

Una tarde, tomando una cerveza con mi tocayo Robbie Baggio, me confesó el secreto de su longevidad deportiva, que no era otro que no ver jamás la tele, ni leer los periódicos. El Coleta vivía en un mundo sin noticias, alimentándose de libros ancestrales que cuanto más etéreos, más le ponían los pies en el suelo. Para él las máquinas eran un estorbo y el fútbol una necesaria forma de comunión con el universo.

Otra tarde, despachando con "Abuelo" Meneghin, llegamos casi a las manos, discutiendo cuál era la mejor cerveza de Europa. El viejo se levantaba cada mañana a las 8 como si todavía siguiera en activo, había perdido el norte por no darse cuenta de que ni somos inmortales ni podemos prolongar nuestra carrera hasta el infinito.

Recluido en mi casa de la Toscana, me puse a reflexionar sobre lo que había sido mi vida hasta entonces: un buen puñado de casualidades que cabrían en una caja del tamaño de un ascensor de hotel, en el que por supuesto sonaría una melodía castigada con la voz impenetrable de mi gran ídolo de siempre, el otro Dino.

lunes, enero 14, 2008

Padrino negro


El 1 de enero es ese día que no existió durante casi una década por culpa de resacas de dimensiones bíblicas y fiestas de dispar éxito. Al levantarme de la cama en mitad de la tarde me solían esperar los restos del roscón de la comida de año nuevo y alguna película mítica como "El Cazador" o "New York, New York". Cuando echo la vista atrás y me pregunto que es lo que me perdí en aquellos primeros días del 98 al 2006, la respuesta esta clara: nada de nada.

Empecé el 2008 en unas calles desiertas que escondían un cine pequeño en el que disfrutar de "American Gangster", de la que hace unos meses vi un trailer impecable, que nos la vendía como la reencarnación de "El Padrino", en versión afroamericana. A la salida del cine, Diego de León parecía la Gran Vía en "Abre los Ojos", era tarde y a algunos nos tocaba currar al día siguiente.

Denzel es un género en sí mismo, da igual el papel que interprete: abogado, militar, mafioso, entrenador, político ... Denzel siempre se reencarna en Denzel, aunque cambie su peinado y el bello facial, siempre se interpreta a sí mismo. De la virtual mano de su maestro Sidney Poitier, siempre será ese actor elegante y reivindicador de la genialidad interpretativa de su raza.

La única vez que se salió de la norma fue en "Training Day", su malvado y corrupto madero le valió un Oscar porque, por una vez, Denzel dejó por un momento de ser Denzel. En "American Gangster" es otra vez el protagonista, un chofer de Harlem reconvertido en Capo listo, capaz de cruzar el mundo para cerrar negocios de estupefacientes a gran escala. Todo nos suena, como si ya lo hubiéramos visto antes.

Veo a Denzel entrando a Miss Puerto Rico y me acuerdo de Andy Garcia en "Cosas que hacer en Denver cuando estas muerto", ya saben : "Te deslizas ...". Le veo perdiendo los nervios y me acuerdo del pasadísimo Pacino en "El Precio del Poder": puestos a liarla parda, es imprescindible quemar todo lo que se nos ponga por delante.

Ridley Scott tiene una filmografía tan ecléctica como irregular, en los últimos tiempos se ha propuesto que Russell Crowe salga en todas sus películas, aunque se tenga que pasar las dos horas de metraje sin hacer otra cosa que beber vino, como en "Un Buen Año". En esta, Crowe interpreta a un incorruptible policía, que nos lleva de nuevo a la nostalgia, ahora nos acordamos de Frank Serpico y del McNulty de "The Wire". Russell es un fucker consolidado que en sus ratos libres se dedica a desmantelar tramas narcóticas a gran escala, todo muy creíble.

Pocos días después, coincido con el Sordo y el Pelusa en una comisaria cercana a Alonso Martínez, en su conversación hablan en calé de lo buena y necesaria que es "American Gangster" y de lo mucho que les gustaría darle un par de mecos al poli que les ha dado número para renovar el DNI. El Pelusa le dice al Sordo que la próxima vez que le revienten la boca a alguien en un garito le va a gritar: "¡¡¡ Esto es ESPARTA !!!". Parece que al final, "300" le dejó más poso.

domingo, enero 13, 2008

Back 2 Back



Que una chica que durante unos minutos fue la mujer de tu vida te de la espalda, no tiene porque ser necesariamente una mala noticia. Hay encuentros fortuitos en el metro que no son cosa del destino, sino del azar, y lo mejor es hacer como ella: mirar para otro lado y fingir que no conoces al otro.

Reflexionando sobre la crueldad femenina, un día me di cuenta de la facilidad que tienen ellas para despreciar por completo al que un día fue la persona más importante en su universo. No entraré en una batalla de sexos, ni en una rajada machista de época, esa no es mi guerra.

Subiendo aquella cuesta cercana a su casa, pensé en la cantidad de veces que había estado allí esperándola. Cuanto más se envenenaba nuestra relación, más me hacía esperar. Era su forma de castigarme, utilizando un brutal desprecio por la puntualidad extrema de la que siempre hice gala.

Su frivolidad era fruto de una vida sencilla, en la que otros tomaban sus decisiones y se podía permitir el lujo de pasar de todos aquellos que no la apreciaban en exceso. Desde el principio sospeché que aquello acabaría mal, nunca he creído en los finales felices. El tiempo me acabó dando la razón.

Eché de menos mucho tiempo una llamada de despedida y cuando al fin llegó, me comporté como la criatura más fría sobre la faz de la tierra. A día de hoy no sé si me importó poco o nada, cuando pienso en aquella tarde, me acuerdo de lo rápido que lo olvidé todo. Cuando paso por delante del lugar, lo recuerdo y me sigo preguntando cuántas arpías se habrán envenenado, al morderse sin querer la lengua.

sábado, enero 12, 2008

Empezar a volver



Estaba perdido en las antípodas, de mi mismo y del mundo. Demasiado lejos de Brisbane como para no sentirme en mitad de ninguna parte. Me había empeñado en pasar aquel verano en Australia, sin sospechar que probablemente jamás podría volver a mi país.

La morriña es esa sensación que te embarga cuando echas de menos ver el Toro de Osborne en las carreteras y lo único que te cruzas en tu camino son canguros. Los australianos son gente del bosque, su lema es "Take life as it comes", algo así como "lo que venga, bueno es". Su acento es endiablado y no hay día que no te preguntes porque carajo el agua del retrete gira en la dirección contraria.

Hace frío, mucho frío y me he quedado tirado en un bar de mala muerte, en una de esas carreteras de miles de kilómetros, aquí les sobra espacio, la densidad de población es ínfima y es inevitable no sentirse a ratos como un extraterrestre. A veces me reencarno en el Bill Murray en "Lost in Translation", solo que yo jamás me cruzaré por aquí con una Scarlett, capaz de curarme la soledad.

Cuando pienso en todas las noches en que acabé hasta los huevos de mis amigos, ahora también las echo de menos. Siempre que la vida es simple nos encanta pensar en complicarla, en huir bien lejos, allá donde no nos conozca nadie y podamos tener un Koala como mascota.

Lo tengo decidido, cuanto que pase cualquier carro por aquí me subiré en él y le pediré que me lleve hasta Brisbane y desde allí pillaré el primer vuelo a Sydney. No vuelvo a casa, no me rendiré tan facilmente, al fin y al cabo, este es el país donde nacieron Nicole, Naomi, Natalie y Kylie.

miércoles, enero 09, 2008

Caín, Abel, etc ...



Muchas veces sospeché que mi hermano me acabaría buscando la ruina. En mi familia el cariño siempre se repartió a la manera comunista, a él le tocó papá y a mi mamá. Cada uno eligió como favorito al que se parecía más al otro fisicamente, como si por alguna razón fuera más hijo suyo, aunque los dos veníamos del mismo sitio.

Mi hermano nació apenas un año antes que yo, lo suficiente para que siempre fuera "el mayor", el que primero probaba las cosas y luego las escondía, para mantenerlas alejadas de mí. No hablaré de privilegios, ni de educación diferencial, desde el principio tuvimos que convivir el uno con el otro, no lo elegímos, pero así eran las cosas.

Siempre fue mejor en el deporte y con las chicas, pero se cansaba demasiado pronto de todo, no sabía extraer la esencia de las cosas y se obsesionaba demasiado con mis pequeñas victorias de perdedor impenitente. Tal vez él fuera más guapo, pero nunca supo escuchar a las mujeres, su enorme ego le condenaba a cansarlas demasiado pronto.

No hablaré de juego sucio, de aprovechar ocasiones en las que no estaba presente para intentar levantarme a una futurible. Digamos que no podía darme la vuelta sin la sospecha de que mi propio hermano me quitaría la chica por pura diversión. Nos acostumbramos a pelearnos, a gritos y con las manos, a estar meses sin hablarnos, a miles de kilómetros el uno del otro.

Siempre imaginé que acabaría bailando sobre su tumba, pero llegado el momento no fui capaz de hacerlo: la rivalidad perpetua es la sal de la vida, nos hace mejores y sin ella, muchas veces nos faltaría una razón para seguir adelante. Nunca echaré de menos lo suficiente a mi hermano.

martes, enero 08, 2008

Jarabe de Arce


Steve Nash es un rara avis en la egocéntrica fauna que puebla el baloncesto profesional americano. Se trata del más firme hereredero de Magic Johnson o Stockton y el único blanco que ha conseguido el MVP desde los tiempos de Larry Bird. Su secreto reside en ese extraño don innato, que le permite hacer mucho mejores a todos sus compañeros.

Superviviente a la metrosexualidad, Nash no ha parado de mejorar desde que comenzara su carrera hace más de una década con el sambenito de ser canadiense, que es algo parecido a ser portugués en España, pero sin el gen competitivo de los lusos. Los habitantes de los states desprecian a los canadienses por aburridos y predecibles, pero se han tenido que rendir a los pies del maestro de ceremonias del equipo más eléctrico de la NBA.

Los Suns de Nash y D'Antoni son los eternos candidatos al título, que ni siquiera han llegado a las finales de la liga. Su baloncesto rápido y ultraofensivo causarían innumerables quebrantos a los amantes de la filosofía deportiva y vital de los Obradovic, Ivanovic, Clementes y Capellos, que gastan sus días aburriendo con su mezquindad de ganadores cicateros. En esencia y os guste o no: al final no importa lo que ganes sino como lo ganes.

Phoenix está enclavada en mitad del desierto, un lugar en el que es imposible sobrevivir sin aire acondicionado, nunca llueve y el glamour es un bien escaso que sobre todo se cultiva en los pabellones de baloncesto. Nash es un lujo para la ciudad y para el deporte, su talento podría haberle valido para ser un crack de la Premier League, un poeta maldito o un director de cine de los que hacen una película y se retiran porque detestan la fama, sabedores de que no se puede ser sublime a todas horas.

Aunque jamás gane un anillo, Nash pasará a la historia como uno de los mejores bases que ha dado el baloncesto, un iluminado que nunca se endiosó demasiado y prefería inflarse a repartir asistencias que meter treinta puntos por partido. Cuando Steve Nash gestiona la pelota, el baloncesto fluye, la gente se divierte y el marcador siempre llega a las tres cifras.

lunes, enero 07, 2008

Claro de Luna



Después de protagonizar "El precio del Poder", el reencuentro entre Pacino y la Pfeiffer no se podía producir más que una comedia romántica agridulce: "Frankie y Johnnie". La película respira el aroma del realismo mágico de Auster, ese en el que la omnipresente Nueva York se cuela hasta el tuétano entre los huesos de unos personajes que se dejan llevar por la suave brisa del Río Hudson.

Pacino se viste de cocinero ex-convicto, pidiendo a gritos una oportunidad para redimirse y dejar de ser un amante silencioso. Totalmente convencido de que ha encontrado a la mujer perfecta (para él), no parará hasta conquistarla, por muy empinado que sea el camino y complicada esa Frankie, con la que ya formaba una pareja mucho antes de conocerse.

La Pfeiffer perdió hace mucho la esperanza de ser feliz, su único objetivo vital es sobrevivir y consagrar sus noches de sábado a ver películas en su flamante nuevo vídeo, que para colmo no acaba de funcionar bien. Su pasado es triste y esconde un resentimiento justificado y ancestral, para el que Pacino peleará con uñas y dientes hasta conseguir desmontarlo.

Una banda sonora impecable, en la que sobresale la "Sonata Claro de Luna" de Debussy, nos va guiando por las vidas de los personajes de esta peliculilla tan imprescindible como infravalorada. A través de ellos no descubriremos el sentido de la vida, pero si la importancia de lavarse los dientes en pareja o confesar lo que no podíamos contar a nadie, por miedo a nuestra propia debilidad.

Los años pasan, "Frankie y Johnnie" siguen congelados en el tiempo, preguntándose por qué han envejecido tan bien, por qué sus protagonistas siguen siendo dos de los actores más respetados, por qué nunca se perdieron el respeto a sí mismos y por qué, hasta en sus películas más sencillas, supieron dar ese toque elegante y emotivo, capaz de convertir una película romanticota en un clásico de principio de los 90.